De cómo se llegó a la batalla de Stirling Bridge, momento álgido de la fama de William Wallace


Tras la muerte del rey Alejandro III de Escocia en 1286 y el fallecimiento de su nieta Margaret de Noruega en 1290, no existía un candidato claro para ocupar el trono escocés. Fue en ese momento cuando el Consejo compuesto por los seis Guardianes de Escocia decidió nombrar a Eduardo I de Inglaterra como árbitro para decidir la cuestión de cuál de ellos tenía mejor derecho al trono.

Puede parecer extraño que solicitaran la mediación de Eduardo I en la elección de su rey; pero era el monarca europeo más experto como mediador en este tipo de conflictos; además era el candidato ideal para el papel debido a las estrechísimas relaciones entre los dos reinos vecinos. Todos los grandes señores de Escocia poseían importantes posesiones en territorio inglés, por las que eran vasallos de Eduardo. El que muchos consideraban mejor candidato al trono, John Balliol, era hijo de un inglés que había luchado junto a Enrique III en la batalla de Lewes. El otro gran candidato con más posibilidades, Robert Bruce, había acompañado a Eduardo en su casi mortal experiencia en las cruzadas junto a varios hermanos de John Balliol. Y un contingente escocés viajó para apoyar a Enrique y Eduardo en la batalla de Evesham contra Simon de Montfort, aunque no llegó a tiempo de participar en la lucha. El nombramiento de Eduardo como mediador, pensaron los Guardianes, era sin duda la mejor elección.

Como paso previo a pronunciarse sobre cuál de los candidatos tenía mejor derecho al trono escocés, Eduardo se dispuso a poner fin de una vez por todas a una cuestión que había sido objeto de larga polémica entre ingleses y escoceses: si el rey de Inglaterra era señor soberano del de Escocia, al que éste debía rendir homenaje o no. Se trataba de un asunto sobre el que ingleses y escoceses no se ponían de acuerdo, sacando a la luz viejas leyendas sobre el nacimiento mítico de uno y otro país.

Pero más que estas leyendas lo que realmente importaba en la cuestión eran los precedentes. El primero de ellos se produjo en 1174 cuando el rey de Escocia Guillermo El León fue apresado por Enrique II de Inglaterra y le rindió homenaje. Posteriormente, una vez libre, renegó de su juramento alegando que lo hizo coaccionado. Ricardo Corazón de León acordó con él renunciar al homenaje a cambio de una considerable suma de dinero para financiar su cruzada.

Cuando Alejandro III de Escocia se casó con la hija de Enrique III se negó a la petición de éste de que le rindiera homenaje. Eduardo I, al ser coronado en Westminster le requirió nuevamente para que lo hiciera. Diplomáticamente, el escocés contesto que sí; pero sólo en lo que hacía referencia a sus tierras en suelo inglés. Eduardo insistió en que le rindiera homenaje también como rey de Escocia. Alejandro contestó: “el único que tiene derecho a que le rinda homenaje como rey de Escocia es Dios, y sólo Él es mi soberano”.

Por eso, cuando se le pidió que mediara en la elección del nuevo rey escocés, el soberano inglés que era hora de poner fin al problema. De entrada dejó claras sus intenciones con otro de sus característicos gestos simbólicos. En la primavera de 1291 los Guardianes le esperaban en la localidad escocesa de Berwick, cerca de la frontera, para dilucidar la cuestión; Eduardo se detuvo a sólo cinco millas, en Norham, es decir en el lado inglés de la frontera e hizo saber a los Guardianes que podían acudir allí a reunirse con él.

Al inicio de la reunión el representante de Eduardo exigió que el rey de Escocia que resultara elegido en el proceso debería reconocerle como señor soberano. Había dado ese paso porque unas semanas antes había recibido una carta de Robert Bruce en la que ratificaba la interpretación inglesa sobre su soberanía respecto de Escocia y pensaba que eso aseguraba que los Guardianes estarían también de acuerdo. Pero estos reaccionaron indignados, señalando que sólo un rey de Escocia podía decidir sobre esa cuestión y que para ellos el rey de Inglaterra no era señor soberano de Escocia; dicho esto se levantaron y abandonaron Norham. Eduardo cambió de táctica.

Si antes de iniciarse el proceso de elección del candidato con mejor derecho al trono, todos y cada uno de ellos le reconocían como señor soberano, los Guardianes no podrían decir nada; ellos mismos habían reconocido que no les competía decidir al respecto. Robert Bruce aceptó rápidamente y ello hizo que John Balliol, que probablemente hubiera opuesto mayor resistencia, lo hiciera al día siguiente para no quedarse fuera de la competición. Conseguido el consentimiento de los dos principales contendientes, el del resto era pan comido. Eduardo había conseguido que fuese quien fuese elegido rey de Escocia, él sería su señor soberano y recibiría su homenaje. El proceso para elegir un rey podía empezar.

Una estatua de Eduardo I de Inglaterra preside la entrada al castillo de Caernarfon que él mandó construir

Y para explicar los argumentos de unos y otros la pregunta esencial era ¿tiene mejor derecho el hijo de la segunda hija de un miembro de la realeza o el nieto de su primera hija? Esa era la discusión entre John Balliol y Robert Bruce. Ambos basaban su derecho en que eran descendientes del hermano del rey escocés Guillermo, David. Balliol era nieto de su hija mayor y Bruce hijo de su segunda hija.

Eduardo se inclinaba más en favor del criterio de Balliol, en primer lugar porque tenía un caso similar en su propia casa y le interesaba defender el criterio de la primogenitura sobre el de los grados de descendencia, pero sobre todo, y mucho más importante, porque consideraba que John Balliol sería un rey de Escocia mucho más maleable que Robert Bruce.

Eduardo tenía tomada su decisión desde el principio del proceso, pero no estaba dispuesto a ponerles las cosas fáciles a los escoceses. Había ni más ni menos que trece aspirantes al trono, aunque nadie se planteaba que alguien que no fuera Balliol o Bruce tuviese posibilidades reales de ser elegido, pero Eduardo insistió en escuchar los argumentos de todos y cada uno de ellos. Sólo había uno que podía ser considerado seriamente, Florence conde de Holanda, quien sorprendió contando la curiosa historia de que David, de quien descendían tanto Balliol como Bruce, había renunciado a sus derechos dinásticos en favor de su hermana Ada de la que él descendía. La historia parecía algo absurda, pero Eduardo se agarró a ella para dilatar el proceso y dio a Florence diez meses para que aportara pruebas de sus argumentos. Entretanto, para cubrirse las espaldas acordó el matrimonio de su hija con el de Florence.

El 5 de noviembre de 1292, Eduardo dictaminó que John Balliol tenía mejor derecho al trono que Robert Bruce. Como consecuencia de ello, éste se alineó con Florence de Holanda, cuya pretensión estaba todavía por decidir. Según los rumores, Florence había prometido ceder a Bruce una tercera parte del reino si resultaba elegido. Pero Eduardo tenía claro su candidato, y el 17 de noviembre de 1292 John Balliol fue designado rey de Escocia.

Para los escoceses el papel de Eduardo I de Inglaterra en Escocia había finalizado. Para él no había hecho más que empezar.

Después de la elección de John Balliol como rey de Escocia tuvieron lugar dos ceremonias muy distintas. El 30 de noviembre de 1292, este (con el nombre de Juan I de Escocia) fue entronizado en la forma en que desde tiempos inmemoriales lo eran los reyes de Escocia; en la abadía de Scone y ante un bloque de piedra rojo conocido como La Piedra de Scone o La Piedra del Destino. Eduardo no estaba presente; tenía muy claro que un rey escocés estaba obligado a asistir a la coronación de un rey de Inglaterra, pero que ningún monarca inglés, señor soberano del de Escocia, tenía que presenciar la coronación de éste.

La segunda ceremonia, la realmente importante para el rey inglés, tuvo lugar el 26 de diciembre en Newcastle. Juan I de Escocia se arrodilló delante de Eduardo I de Inglaterra y completó la ceremonia de homenaje por la que le reconocía como señor soberano. Si los escoceses pensaban que se trataba de una cuestión meramente formal estaban muy equivocados, tal y como Eduardo se dispuso a demostrarles de manera inmediata. Días después un ciudadano de Berwick en desacuerdo con diversas sentencias dictadas durante el gobierno de los Guardianes, apeló a Eduardo, que revocó una de las sentencias.

Los escoceses reaccionaron indignados alegando que esta actuación iba en contra de todos los acuerdos a los que había llegado con los Guardianes. Eduardo contestó que, una vez designado el nuevo rey, cualquier compromiso anterior quedaba anulado y que si lo entendía pertinente como señor soberano, incluso podría convocar al rey de Escocia a Londres a rendirle cuentas. Para él, el rey de Escocia ejercía la autoridad que le había sido delegada por el rey inglés; y ninguna más.

No hubo que esperar mucho. Ante la reclamación de un barón escocés contra una decisión de Juan I de Escocia, Eduardo convocó a este en Londres en noviembre de 1293. La inicial actitud orgullosa de Balliol (“soy rey del Reino de Escocia y no responderé cuestión alguna sin el consejo de mis asesores en mi reino”), duró poco. Acabó reafirmando su homenaje a Eduardo, se calificó como “su hombre en Escocia”, y fue condenado a entregar a su señor soberano tres castillos y ciudades.

Los planes de Eduardo sobre Escocia se vieron pospuestos, primero por un intento del rey de Francia de desposeer a Inglaterra de sus posesiones en Gascuña; y después por una rebelión en Gales, que trató de aprovechar los problemas de Eduardo en Francia pera expulsarle del país; fue rápidamente sofocada, pero tuvo ocupado durante un tiempo a los ingleses. Los escoceses, descontentos con lo que entendían como incumplimiento inglés de los acuerdos adoptados y en desacuerdo con la interpretación que Eduardo venía haciendo de su condición de señor soberano de Escocia, decidieron intentar lo mismo que en Gales. Los magnates del reino obligaron a Juan I a renegar de su juramento de homenaje a Eduardo I y firmaron un acuerdo con Francia para declarar conjuntamente la guerra a Inglaterra.

Eduardo respondió rápida y contundentemente a esta maniobra. A finales de noviembre de 1295 se celebró una reunión del Parlamento en Winchelsea donde se acordó expropiar todos los bienes que los escoceses tuviesen en Inglaterra, reclutar un ejército para invadir Escocia y "marchar contra Juan, rey de Escocia, que ha violado la obediencia debida a la corona de Inglaterra”. El ejército inglés, el más numeroso jamás conocido en las islas y al que se unirían tres mil hombres procedentes de Irlanda, se reunió en Newcastle y partió hacia Escocia el 1 de marzo de 1296. Los escoceses habían atacado Carham y Carlisle. Ello daba a Eduardo un “casus belli”, aunque la verdad es que tampoco estaba demasiado preocupado al respecto.

El ejército inglés se dirigió a Berwick. Era uno de los tres lugares que Juan I fue condenado a devolver a Eduardo en su día, pero la entrega no se había llevado a cabo. Berwick se negó a rendirse a Eduardo. Las defensas de la ciudad eran débiles y la superioridad numérica inglesa, abrumadora. La ciudad no tardó en caer y los ingleses se cebaron en una indiscriminada masacre de los civiles que se habían negado a rendirse. Eduardo permitió a la guarnición del castillo, que sí se rindió una vez tomada la ciudad, conservar su vida y sus posesiones y les concedió la libertad bajo juramento de no volver a levantarse en armas contra él.

El primer enfrentamiento serio entre los dos ejércitos tuvo lugar días después en Dunbar, con una aplastante victoria inglesa atribuible a partes iguales a la superioridad numérica y a la indisciplina táctica de los escoceses. Edimburgo era el siguiente objetivo y la ciudad cayó tras cinco días de sitio. El desfile militar continuó los siguientes días.

Pero no todos los esfuerzos de Eduardo se produjeron en el campo de batalla. El obispo de Durham contactó con John Balliol y le ofreció un título nobiliario en Inglaterra a cambio de renunciar a su condición de rey de Escocia. Balliol, que a esas alturas estaba ansioso por olvidarse del problema escocés y volver a su Inglaterra natal, aceptó la propuesta. La ceremonia de renuncia, o la traición a su país según quien lo cuente, tuvo lugar el 8 de julio en Montrose.

Pero al tomar Edimburgo Eduardo encontró constancia documental del acuerdo entre Francia y Escocia para atacar a Inglaterra conjuntamente. Montó en cólera y ello afectó al destino de John Balliol, que ya no disfrutaría de un apacible futuro en la campiña inglesa sino de una prolongada estancia en la Torre de Londres.

Una vez consolidado el dominio militar y después de que Escocia se hubiese quedado sin rey por la renuncia de John Balliol, Eduardo decidió que era el momento de tomar el poder en el país. En agosto de 1296 convocó un parlamento en Berwick al que acudieron miles de ciudadanos escoceses para rendirle homenaje como rey de Escocia. Se estableció un sistema administrativo de oficiales, jueces y soldados ingleses para gobernar Escocia con mano firme. Como prueba definitiva de sus intenciones Eduardo confiscó la Piedra de Scone, el lugar donde todos los reyes de Escocia eran proclamados.

La dominación inglesa de Escocia parecía marchar sin obstáculos. El viejo candidato al trono Robert Bruce había muerto, su hijo había puesto pies en polvorosa y se había instalado en sus posesiones inglesas y sólo quedaba en Escocia un Robert Bruce, nieto del primero e hijo del segundo, demasiado imberbe para suponer una amenaza. Eduardo decidió volver a Inglaterra pensando que el problema escocés estaba definitivamente controlado. Esta vez era él el que se equivocaba; no contaba con William Wallace.

wallace-monument

Desde que Eduardo se había proclamado rey de Escocia las condiciones habían sido duras para los nativos del lugar. Especialmente la recaudación de impuestos se convirtió en un problema con los escoceses; Eduardo necesitaba fondos para sus disputas en Gascuña y sometió a un régimen asfixiante a todos sus súbditos. Para Eduardo su campaña de exacción fiscal incluía evidentemente a los escoceses, a los que consideraba tan sometidos a él como a los ingleses o a los galeses. Pero si ya tuvo problemas en Inglaterra, donde estaban acostumbrados a sus exigencias impositivas, mucho peor fue la reacción a su presión en Escocia, donde no lo estaban.

El gobernador de Escocia, conde de Surrey, pasaba casi todo el tiempo en Inglaterra. Sin nadie que les controlara los funcionarios ingleses encargados de hacer cumplir la ley y recaudar impuestos ejercían su autoridad con total libertad de movimientos. Al fin y al cabo, todo lo que Eduardo les pedía era que le llevasen el dinero que necesitaba, no le preocupaba mucho los medios para obtenerlo.

Uno de los primeros en rebelarse contra la situación fue el joven Robert Bruce. Su abuelo había muerto, su padre se había instalado en Inglaterra y los Bruce siempre habían sido un apoyo para Eduardo en Escocia. Su rebelión duró poco; enfrentados a un muy superior ejército inglés, Bruce y el resto de nobles se sometieron en Wishart el 7 de julio.

En Londres se recibieron dos cartas; en la primera se informaba de que los escoceses habían sido dispersados; pero en la segunda, remitida por Hugh Cresingham, un funcionario que estaba más al tanto de la situación, se advertía a Eduardo de que había dos fuerzas rebeldes escocesas que se estaban reuniendo; una en el norte, junto al río Fork, liderada por un noble llamado Andrew Murray; la otra en el sur, en el bosque de Selkirk y su líder se llamaba William Wallace.

Aunque hay diversas versiones, parece que William era el hijo más joven de Alan Wallace, un pequeño terrateniente de Ayrshire y que su querella con los ingleses empezó cuando el sheriff de Lanark apareció por sus tierras reclamando unos impuestos que su familia no podía pagar. William se encontraba ese día cuidando ganado en el campo y eso le salvó la vida, aunque el resto de su familia pagó con la suya el hecho de no poder pagar los impuestos requeridos por Eduardo y fueron masacrados por los hombres del sheriff. Al regresar y encontrarse a toda su familia muerta y sus posesiones expropiadas, decidió que en su vida no existiría otro objetivo que matar ingleses. Empezó con el responsable de la muerte de su familia, el sheriff de Lanark. Huyó al bosque de Selkirk y allí le sorprendió que día a día se le fueran uniendo cada vez más hombres que conocieron su hazaña y compartían su odio por los ingleses.

Cuando supo que en el norte existía otro grupo de rebeldes liderados por Andrew Murray, Wallace decidió unir sus fuerzas con ellos y juntos esperaron el inevitable ataque del ejército inglés. El único lugar en Escocia donde la insultante superioridad numérica de los ingleses resultaría inútil era en Stirling Bridge. El río Forth, que separa el sur y el norte de Escocia no es vadeable en ese punto y solo se puede cruzar por un puente cuyo ancho no permite que lo crucen más de dos hombres a la vez y a cuya salida hay unas marismas que también dificultan el movimiento de un ejército. El 11 de septiembre de 1297 los escoceses liderados por Murray y Wallace atacaron al ejército inglés cuando la mitad de él había cruzado el puente hacia el norte y la otra mitad se encontraba en la vertiente sur, desde la que sólo pudieron ser testigos impotentes de la matanza de sus compañeros. Y mandar noticias a Eduardo de lo sucedido.

Tras su baño de gloria en Stirling Bridge y su nombramiento como Guardían de Escocia, William Wallace no tardaría mucho en experimentar en carne propia aquello de "más dura será la caída" cuando fue derrotado por Eduardo I un año después en Falkirk ... Pero esa es otra historia.

Fuente| Marc Morris: Edward I, a great and terrible king

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