Tom Simpson, dramática muerte en el Tour por dopaje

Esta semana se ha conocido la sentencia de la Operación Puerto. A ella me voy a referir al final de este artículo, pero hoy quiero contar una de las historias más dramáticas de dopaje que se han producido en el ciclismo, sobre todo porque el protagonista murió en la ruta al finalizar una etapa del Tour: Tom Simpson.

Quiero dejar claro desde el principio dos cosas: primero mi rechazo total hacia cualquier tipo de trampa en el deporte y segundo que el trato que los ciclistas reciben respecto de otros deportes en relación con el dopaje me parece injusto.

Volviendo al tema que nos ocupa, Tom Simpson era un ciclista británico que se encontraba participando en el Tour de Francia del año 1967. El día 13 de julio de 1967 se celebraba la etapa que concluía en una de las cimas míticas del Tour: el Mont Ventoux. Los aficionados al ciclismo no necesitan presentación sobre esta llegada, pero para lo que no lo son les diré que el Mont Ventoux es un monte situado en el sureste de Francia que se caracteriza por un paisaje exento de toda vegetación y de árboles. Su piedra calcárea hace que habitualmente se identifique el entorno del Mont Ventoux como "paisaje lunar". Se trata de una cima que, como su nombre indica, es ventosa y asfixiante para los ciclistas que llegan a ella, habitualmente después de largas horas de esfuerzo.

Tom Simpson llegó el 13 de julio a la etapa del Mont Ventoux en malas condiciones, tanto en lo referente a su clasificación en el Tour como en el aspecto físico (tenía algún tipo de afección estomacal). Los conocimientos sobre el dopaje en aquella época no tenían nada que ver con los actuales, ni en lo referente a sus efectos sobre el cuerpo humano ni tampoco en las posibilidades de detectarlo.

Tom consumió una letal mezcla de anfetaminas y alcohol. El efecto de las anfetaminas es que eliminan las señales de cansancio que los músculos mandan al cerebro para hacerle ver que el cuerpo ha alcanzado su límite, pero lo que no eliminan es el auténtico agotamiento muscular. De ese modo, el pobre Tom cayó desfallecido antes de llegar a la meta, literalmente reventado y, pese a los esfuerzos por reanimarle, falleció.

El conocimiento de la historia de Tom Simpson se lo debo (como tantas otras cosas) a mi padre, cirujano y médico deportivo que me explicó el pernicioso efecto de las anfetaminas sobre la inhibición del dolor, pero no del cansancio en el cuerpo humano.

Al principio de este artículo me he referido a la sentencia de la Operación Puerto. Al respecto, tengo que decir que sobre las condenas y absoluciones la única crítica que puedo hacer no es hacia la juez, sino hacia la legislación española. Un juez tiene que aplicar la ley vigente en el momento de los hechos que se juzgan y en España en el momento de producirse la Operación Puerto no existía delito por doparse, sino sólo un delito contra la salud pública, que es el que se ha juzgado y sentenciado.

Distinta es mi opinión sobre la decisión de la juez de negar la entrega de las bolsas de sangre a la Agencia Mundial Antidopaje. Entiendo los argumentos respecto de la posible vulneración de derechos fundamentales de los afectados, pero creo que debe primar el deber de todo juez de poner en conocimiento de los organismos competentes cualquier infracción normativa (sea esta del carácter que sea) de la que tenga conocimiento. Será en ese procedimiento donde el órgano judicial competente decidirá sobre la licitud o ilicitud de las pruebas obtenidas, pero la obligación de todo juez que toma conocimiento de un acto presuntamente ilícito es denunciarlo y entregar las pruebas al respecto.

Además, aunque sé que no es un argumento jurídicamente consistente, creo que el deporte español necesita y merece destapar sus vergüenzas en materia de dopaje, sobre las que tanto nos rasgamos las vestiduras cuando afectan a otros, pero sobre las que corremos un tupido velo cuando se refieren a nuestros ídolos. 

Por último. los efectos de la sentencia de la Operación Puerto sobre la candidatura de Madrid 2020 me resultan completamente indiferentes.

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